El azul representaba mis anhelos. Los altos que contrastaban con los bajos para ganarles por goleada, la felicidad que se comía todos los momentos malos. Azul.
Pero eso fue antes de que el frío se instalara en mi piel, antes de que mis ojos decidieran cerrarse para no ver nada más. Mucho antes de todo eso. Aunque ya no importe, porque todo eso fue en otra vida. Ahora sonrío, me río, nos reímos... aunque las sonrisas tengan que ser de otro color. Aprendí que lo importante no es el azul sino los deseos, los sueños.
Sueños con fecha. El 17 de enero abandonaré este país hacia mi próximo destino lleno de sol, mar, arena y playa. Un país con futuro, con mil cosas por hacer, con mucho mar por acariciar. Y será azul, o rojo, o negro... dará igual. Será siempre de colores.
Será nuevo, será sueño convertido en algo más, será la puerta de salida de una realidad que casi nadie querría vivir o conocer. Quizá algún día os explique como es todo esto, quizá os quedéis con la intriga. Lo que sí os prometo, es que nunca será excusa para quitarle el color a mis sueños y a mi día a día.
Hay cartas que existen para no ser jugadas.
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